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La República de los gravámenes inútiles.

El uribismo, que siempre se ha apoderado del discurso pro mercado en Colombia, intercedió por los intereses de la Cámara Colombiana de la Confección solicitando al gobierno la implementación de un arancel que “proteja a la diezmada industria textil” del país. Nuevamente somos los consumidores los que tenemos que salir a pagar por la incapacidad de competir de algunos sectores que ofrecen algo, en apariencia, más importante que el valor: los votos.


Con bombos, platillos, tiros al aire y pólvora el Representante a la Cámara uribista, Christian Garcés, alardeó en sus redes la imposición por parte del gobierno de un arancel del 40% a prendas importadas de 10 dólares o menos y del 15% más 1.5 dólares por kilo si el coste de la importación es superior a los 10 dólares[1].


No hay que tener una bola de cristal para saber lo que va a pasar porque la medida en cuestión no es más que la crónica de un encarecimiento anunciado: el aumento considerable de los aranceles a los textiles aumentará notoriamente el precio de la ropa por lo que varios comerciantes no podrán aguantar y se disparará el contrabando. Aparecerán en medios las autoridades competentes como la Policía y la DIAN asegurando que están peocupadísimos por el incremento en los carteles contrabandistas y solicitarán más presupuesto para combatir a los mercados negros, lo que generará que el contribuyente no solo tenga que pagar más para vestirse sino tributar más para financiar el control fronterizo de las autoridades y al no auspiciar la competencia el sector textil seguirá igual de improductivo y en un tiempo pedirán más protección a papá Estado. Básico.


Por mucho que le digan que esto es esencial para proteger la empleabilidad en el país, la verdad es que los que perdemos somos todos.


Yo me gradué del colegio con un tipo llamado Andrés, un administrador admirable además de ser un excelso artista que desde hace un tiempo se aventuró a emprender en un país como Colombia. Andrés trasladó sus obras personales de los cuadros a las camisetas y fundó su marca con las uñas, mientras él crea y diseña unos artículos de calidad sus amigos lo bancan con las redes y además modelan las prendas que la naciente empresa comercializa por Instagram.


El tipo está en lo suyo, preocupado por igualar su precio al valor creando marca constantemente a través de sus publicaciones, el contenido que ofrece e incluso la manera de presentar su producto y como muchos emprendedores nativos digitales, no ha sacado RUT, no cotiza en la PILA ni le ha parado bolas a enterarse de que es el “monotributo”, es decir Andrés está más preocupado por satisfacer a su clientela que por responder ante un maremoto burocrático y entorpecedor, cómo debería suceder siempre en todos los casos.


Es muy consciente que la generación de valor que ofrece sobra considerablemente a lo que devenga, por lo cual dar el siguiente paso y crear puestos de trabajo es una tarea muy compleja porque las cuentas no le dan para remunerarlos de la manera en que lo exige la ley.


De forma que buscando optimización de recursos e incremento en su productividad, Andrés podría buscar apoyo en uno de esos programas del gobierno para apoyar emprendedores como INNpulsa o Procolombia, con el riesgo respirándole en la nuca de que el cupo se lo gane una eminencia de la robótica patria en el mejor de los casos o un cuñado del alcalde de turno y que tras quemarse para un edilato en Usaquén o Chapinero, decidió probar suerte en el sector privado, como sucede con muchísima frecuencia en un país con capitalismo de amigotes como este.


Lo que le quedaría a Andres sería mirar para otro lado, ver por qué en otros países emprender en este sector es más rentable y hacer un estudio de mercado para analizar que ideas se podrían aplicar en Colombia, lo que lo lleva hasta el caso de Estados Unidos donde una camiseta de altísima calidad puede costar unos 25 USD, si la marca la respalda. Incluso en Europa el precio se equipara con productos de calidad media y alta, lo que le dice a nuestro emprendedor en cuestión que los pobres allá si pueden acceder a ropa durable a bajo costo.


La investigación lo obliga a centrarse en los proveedores de estas marcas, indagando sobre como hacen para poder sobrevivir con esos precios y se da cuenta que es por la eficiencia en el uso del capital y de los procedimientos internos para aumentar la productividad que pueden competir en costes y por consiguiente en precio, haciendo que el respaldo de la marca sea puro valor agregado.


Andrés entonces concluye que sus precios no son baratos para el colectivo social patrio y que sus ganancias son pocas porque lo que él debe pagar para confeccionar su ropa acá es algo más del doble de lo que pagan otros diseñadores en otras partes del mundo. Mientras que afuera de la frontera las marcas de ropa triplican sus ganancias en pleno auge de tendencias como el fast fashion, en Colombia el emprendedor debe ser supremamente imaginativo para poder ser mínimamente más eficiente.


De manera que buscando exhaustivamente por Google, Andrés logra encontrar un proveedor extranjero que le ofrece calidad a un precio muy razonable, lo que le da la posibilidad de vender ropa más barata a sus compatriotas con unos diseños espectaculares y en definitiva ser más competitivo. Por un momento la cosa parece que coge buena pinta, pero rápidamente cae en cuenta que el proveedor se vuelve carísimo después de verse obligado de pagarle al Estado por todos los impuestos que gravan la importación de ropa.


Todo porque a la Cámara Colombiana de Confecciones, haciendo uso de su caudal electoral, presionó a un sector del Congreso para que intercediera ante el gobierno para que este le pusiera trabas a la competencia, porque a diferencia del resto de personas en el mundo, ellos creen que no tienen la necesidad de seducir al cliente con generación de valor, sino que el deber ser de las cosas es restringir el acceso de la sociedad a marcas de afuera que si lo hagan.


Así es como perdemos todos, Andrés porque no puede hacer crecer su negocio en los niveles que él sabe que podría y los contribuyentes que tienen que pagar más para vestirse como ellos quieran, lo que se traduce como menos plata en el bolsillo para comida, estudio y ocio. Como siempre, los más afectados vuelven a ser los más pobres.


Acá nunca gana el más talentoso sino el que mejor conectado esté.

[1] https://www.larepublica.co/economia/proyecto-de-decreto-de-mincomercio-modificaria-arancel-para-importar-confecciones-3137714

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